Expedición a Tsim Sha Tsui – Capítulo II

Bueno, bueno, pues ya he vuelto del Tour Estambul-Zaragoza-Torrenueva, a la calurosa Granada. Pero he tenido tiempo de escribir el segundo capítulo de Expedición a Tsim Sha Tsui. Además, y por la espera, este capítulo será doble.

Capítulo II
Preparativos

La carta recibida por Eufrasio decía así:

Estimado Profesor Garza Felton,

venimos siguiendo con interés sus investigaciones sobre la telequinesis y la telepatía más allá de los límites humanos. También tenemos noticias del pergamino que ha debido de obtener esta misma mañana. Seguros del gran entusiasmo con que lo habrá recibido, y de lo que muy probablemente le habrá sugerido, le comunicamos nuestro interés en que realice una expedición a China financiada por este Ministerio para estudiar a fondo este asunto.

Por tanto, se solicita su presencia y la de un colaborador suyo mañana mismo, día 7 de octubre, en las oficinas centrales de este Ministerio para una entrevista con el Director General de Expediciones.

Su permiso para dejar la docencia por este curso ya ha sido cursado y aprobado. Además, si lo desea, se asignará un agente para que gestione su casa y demás propiedades durante su ausencia.

Se ruega la mayor discreción sobre el contenido de esta carta. Se adjunta salvoconducto para acceder al Ministerio.

Antequera, a 6 de octubre de 998.

Dirección General de Expediciones.
Ministerio de Ciencia y Técnica.

El viaje comenzaría pues al día siguiente. Jacinto casi no había dormido por los nervios de la enorme odisea que iba a emprender. Al clarear el día no pudo aguantar más y se levantó de la cama, abrió la ventana e inspiró el aire humedecido por el río Darro que fluía debajo. Se fijó en la fuente de la Batalla de Belicena, al lado de la cual había una anciana que vendía pan recién horneado. Ese sería su desayuno. Bajó a la planta baja y cruzó el río por el puente más cercano.

-Buenos días, quería una barra por favor.

La anciana no contestó con palabras: -“Buenos días joven, es usted mi primer cliente”-, le dijo telepáticamente al tiempo que sacaba una barra de un saco, -“¿le gusta esta?”

La comunicación telepática con extraños era algo mal visto en la moderna y educada República, pero mucha gente mayor lo hacía todavía sin ningún reparo.

-Sí, esa está bien-, respondió Jacinto de viva voz. -Tenga, tres pesos, ¿no?

-“Así es, gracias”.

-Gracias a usted.

Jacinto volvió a casa. Untó media barra con manteca y la devoró en menos de dos minutos. Había mucho que preparar.

Eufrasio había pasado la noche estudiando libros y pergaminos, o mejor dicho, estudiando cuáles debía llevarse al viaje, pues no podía llevarselos todos. Sentado en su estudio, los documentos iban y venían por el aire, de los estantes a la mesa y de vuelta a los estanterías. Unos los abría manualmente y otros por telequinesis, pero al cabo de dos horas de trabajo comenzó a dolerle la cabeza y tuvo que empezar a levantarse de la mesa para tomar él mismo los pesados volúmenes y los largos rollos.

Al clarear el día tenía más o menos una idea de qué documentos necesitaría y se acostó a descansar un poco. Sin embargo, no transcurrió ni una hora antes de que Jacinto aporreara su puerta, varias veces, y bastante fuerte, llamándolo a gritos.

-¡Eufrasio!, ¡ya estoy aquí, abre!

Una vez preparados partieron hacia Antequera, capital de la República de Iberia. Dejaron Granada a las diez de la mañana. El viaje, en un carruaje proporcionado por el Ministerio, transcurrió sin sobresaltos. Mientras Jacinto ponía al día sus conocimientos de la historia china, pues no quería parecer un ignorante durante la entrevista con el Director General, el pobre Eufrasio durmió lo que pudo entre bache y bache, aunque la vía era bastante buena y mejoraba y se ensanchaba conforme se acercaban a la capital. Sólo pararon en Loja para almorzar y al caer el sol estaban llegando a Antequera. Entraron por la única puerta fortificada que permanecía abierta a esas horas, allí presentó el salvoconducto proporcionado en la carta, a lo que el guardia les rogó que esperaran unos instantes mientras lo comprobaba. Enseguida volvió con un sobre. En su interior había otra carta del Ministerio:

Estimado Profesor Garza Felton,

le ruego se dirija al Hostal Las Américas. Usted y su colaborador tienen sendas habitaciones reservadas. Aguarde allí más instrucciones.

Le ruego disculpe las molestias,

Antequera, a 7 de octubre de 998,

Antonio Kadikoy Tolda
Director General de Expediciones
Ministerio de Ciencia y Técnica

Un poco sorprendidos por el contenido de la carta, Eufrasio y Jacinto pidieron al conductor que los llevara al citado hotel. Estaba en la calle Herrezuelos. Llegaron rápidamente, descargaron, y tras tomar una sopa de cebolla en la taberna del hostal, fueron conducidos sin más dilación a las habitaciones reservadas.

Ante la imposibilidad de avanzar en algo el inminente viaje, Eufrasio y Jacinto decidieron irse pronto a la cama previendo que las próximas noticias del Director General llegarían temprano por la mañana. Sin embargo, a eso de las tres de la madrugada llamaron a la puerta de Eufrasio. Era el mismísimo Director General de Expediciones.

-Disculpe las horas. Buenas noches profesor Garza. Antes de nada tengo que hacerle una pregunta: ¿está usted dispuesto a proseguir con la expedición propuesta consciente de que va a entrar en contacto con secretos que afectan a la seguridad nacional?

-Buenas noches señor Director. Y sí, proseguiré con la expedición-, respondió Eufrasio sorprendido por la repentina aparición del señor Kadikoy.

-Entonces debo dejarle claro que todo de lo que hablemos aquí esta noche es alto secreto y su revelación será considerada como un acto de traición a la República.

-Entendido-, dijo Eufrasio, y tragó saliva.

-Está bien. Además, este asunto ha adquirido un carácter de lo más urgente. Yo esperaba que no fuera así, pero el tiempo ha empezado a jugar en nuestra contra-. Kadikoy se fue hacia el baño, tomó un vaso, lo llenó de agua y se lo bebió de un trago. Entonces empezó a hablar rápidamente, casi sin respirar: -Verá, si no se lo imaginaba ya se lo digo yo, la dinastía Sha existió realmente. Desde hace siglos China ha querido convertirla en leyenda, y lo ha conseguido, todas las naciones del mundo así lo creen. Y en Iberia hubiera sido igual de no ser por un importante detalle.

-¿Y de qué detalle se trata?-, preguntó Eufrasio que seguía con atención el atropellado discurso del Director General.

-Pues que la dinastía Sha reside aquí, desde que se exilió de Cantón al entonces Imperio Romano. Firmaron un acuerdo con el Senado Romano para escapar de sus perseguidores chinos. Permanecieron en secreto, incluso para muchos altos cargos de Roma, y después, dada la estabilidad política que adquirió el entonces Reino de España tras el desmembramiento del Imperio en el siglo III, se trasladaron a Toledo y después a Sevilla. Allí residen hoy en día, ya desprovistos de todo rasgo oriental-. Kadikoy se detuvo un poco antes de decir lo siguiente: -Quizá usted se refiera a ellos como los Duques de Alba.

-¿Que los Duques de Alba son los descendientes de los Sha de Cantón?

-Así es. Han ido renovando su acuerdo con cada uno de los reyes de España y después de Iberia, y así ha seguido siendo con los presidentes sucesivos tras el pacífico advenimiento de la República. De hecho son muy republicanos, a pesar de haber pertenecido a una casa real y de ser los Duques de Alba.

Tras otra visita al baño a por otro vaso de agua, Kadikoy continuó:

-Iré al grano.

-¿Más aún?

-Usted y su colaborador, al que por cierto se le está preguntado ahora mismo si acepta tener acceso a los secretos que le acabo de revelar, pero que dejo en su mano contárselos, partirán esta misma noche hacia Palos para embarcar con destino a Constantinopla, allí, y con ayuda de agentes al servicio de la República, se harán pasar por mercaderes de especias, se unirán a una caravana y seguirán la ruta de la seda hasta Cantón.

-¿Pero no sería mejor rodear África en barco y atravesar el Índico?

-Ese era el plan inicial, pero espías chinos han sabido de la existencia del pergamino, y tirando del hilo han descubierto que la dinastía Sha continúa en nuestro país. Acusar formalmente a Iberia de dar asilo a los Sha haría de China el hazmerreír de todas las naciones modernas. Por eso van a tratar de eliminarlos de forma discreta, además de a todos los que saben de su existencia. Eso le incluye a usted.

-Ya veo…-. Eufrasio no sabía qué decir.

-Por eso le pregunto ahora si quiere olvidarse de la expedición y que le asignemos una escolta de aquí en adelante.

-Por supuesto que sigo adelante con el proyecto.

-Perfecto, no esperaba otra cosa de usted, Eufrasio. Entonces comprenderá ahora por qué han de tomar una ruta mucho más lenta hasta Cantón. China espera capturarlos en la ruta marítima habitual de no poder eliminarlos en suelo ibérico.

-Ahora que lo dice, en la taberna de este hostal, el encargado tenía rasgos orientales.

-¿Qué?, no hemos sido informados de eso-. Kadikoy se dirigió hacia la puerta. -¡Damián!-, gritó.

Un guardia abrió la puerta y se cuadró ante Kadikoy: -Sí, señor.

-¿Dónde está la protegida?

-En la taberna, con Benítez.

-Traigalos aquí inmediatamente. Extreme las precauciones.

Pero antes de que el guardia pudiera responder se oyó un silbido y un puñal se clavó en su garganta. Cayó muerto al suelo. Eufrasio pegó un salto de su silla y Kadikoy corrió hacia la puerta para cerrarla.

-¡A mi la guardia!-, gritó Kadikoy al tiempo que atrancaba la puerta con una silla. Pero no ocurrió nada en los instantes posteriores. Entonces llamaron al Director General desde el pasillo:

-Señor, le habla el guardia Benítez, ya es seguro salir. ¿El abejaruco subió al azul cielo?

-No sin antes darle un grano al urogallo-, respondió Kadikoy. -Es la contraseña, podemos salir.

Salieron al pasillo. Junto a la puerta estaba el cadáver de Damián, y a pocos metros el del supuesto espía chino con una daga reglamentaria del ejército ibérico clavada en la espalda. De la habitación contigua asomaban Jacinto y otro guardia. Y al final del pasillo se hallaba el guardia Benítez, sin daga en su cinto, junto a una bella y joven señorita.

-Por la República, la que se ha armado en un momento-, gruñó Kadikoy, -arreglad todo esto-, ordenó a los guardias. Entonces se dirigió a la joven: -Eva, ¿cree que podrá llegar hasta esta habitación?

-Claro, señor Director General, no son los primeros hombres muertos que veo. Recuerde que serví en Argelia-. Respondió Eva mientras caminaba hacia donde estaban ellos evitando los cadáveres.

-Eva, le presento a Eufrasio, el profesor del que le hablé. Eufrasio, esta es Eva Knolles, hija del Duque de Alba y futura Duquesa de Alba.

-Es un placer-, respondió Eufrasio automáticamente.

-Eva les acompañará en su viaje-, prosiguió Kadikoy, -partirán los tres ahora mismo en levánomo hacia Sevilla, allí tomarán una embarcación que los conducirá a Palos. Los guardias nos escoltarán hasta el hangar.

En el carruaje, Eufrasio trataba de hacerse una composición de lugar después de toda la información recibida. Eva miraba por la ventanilla constantemente y parecía estar alerta ante nuevos ataques. Jacinto estaba impaciente por llegar al hangar, era la primera vez que iba a viajar en levánomo.


¿Cómo seguirá la historia?

A) Llegan por fin a Palos de la Frontera sin más inconvenientes. Aunque en el viaje se aclaran muchas cosas.

B) En Sevilla reciben nuevas del Director General de Expediciones.

C) En el camino son atacados por espías chinos.

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Published in: on agosto 5, 2008 at 11:29 am  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Voto la opcion C. Opino que las opciones que escribe el autor deberian de ser mas variadas e influir en mayor medida en el desarrollo posterior de la historia.

  2. Admito que lo de las opciones es algo que tengo que mejorar. Saludos Becario Gastronómico.

  3. ¡¡¡¡Esta historia promete!!!! Voto por la opción b.

  4. es tarde ya? yo votaba la B pero si ya estás escribiendo una mezcla B-C también va bien. para la próxima llegaré a tiempo 😉


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