Expedición a Tsim Sha Tsui – Capítulo III

Aquí seguimos con su serial favorito. Patrocinado por Herraduras La Antequerana:

Capítulo III
Ataque en el Betis

Salieron de Antequera por la carretera de Colmenar. A pocos kilómetros se desviaron de la vía y entraron en un recinto militar. Para entonces estaban todos un poco dormidos, pero se terminaron de despertar cuando oyeron que el sonido de los cascos del caballo había cambiado, ahora sonaba mucho más eco. Jacinto corrió las cortinas de las ventanas y pudo comprobar que se encontraban en una cueva iluminada por antorchas.

-Esto es una base secreta-, dijo el Director General de Expediciones, -gran parte de la conquista de Atlántida fue planeada desde aquí, y existe desde tiempos de Alfonso II.

La cueva se ensanchó y llegaron a una amplia sala. Bajaron del carruaje y se maravillaron con la vista. La cavidad era inmensa, iluminada por varias filas de antorchas, y con dos enormes cascadas que brotaban de la pared a gran altura, produciendo un ruido ensordecedor que les hacía hablar a voz en grito. En el centro de la sala, un fastuoso levánomo dorado y ornamentado con multitud de relieves y figuras, sostenido por cuatro columnas negras. De la parte baja del mismo salía una escalera, cuyos escalones estaban cubiertos por una alfombra roja, que llegaba hasta el suelo.

-¡Es el levánomo de Enrique IV!-, exclamó Eufrasio.

-El mismo que usa el Presidente en sus visitas oficiales. Enseguida bajo.

Todos se volvieron al origen de aquella voz que provenía de una de los ventanucos del levánomo. Por la escalera apareció un capitán de la guardia presidencial.

-Soy el capitán Fernández. Un equipo de guardias y yo los acompañaremos hasta Palos de la Frontera. Los pilotos están preparados, si partimos ahora mismo llegaremos al despuntar el día.

-¿A qué esperamos entonces?-, preguntó Eva mirando al grupo.

Montaron en el levánomo. El interior no era menos lujoso que el exterior. Todas las paredes estaban forradas de terciopelo púrpura. Estaba conformado por un único habitáculo. En torno a esta sala, junto a los ventanucos se hallaban los 40 asientos de los pilotos. Y en el centro se hallaban unos cómodos bancos para el pasaje. Una vez se hubieron acomodado empezaron a entrar los pilotos. Todos ellos eran caballeros de la Orden de Enrique IV, fundada para entrenar a los pilotos y desarrollar al máximo sus capacidades telquinéticas. Unos minutos después el levánomo se elevó por los aires y se dirigió hacia el túnel por el que habían entrado los carruajes.

El levánomo surcaba el aire en el más absoluto silencio. A una altura de unos cien metros era prácticamente invisible en el cielo nocturno, y sólo alguna vez se veía algún reflejo de la luz de la luna. El capitán Fernández comenzó a explicar algunos detalles del levánomo, sobre todo porque veía la fascinación con la que Jacinto lo observaba todo.

-No hagan mucho ruido, los pilotos deben estar muy concentrados para levantar todo este peso. Sobre todo los que se encuentran en la proa, son los que controlan la dirección de la nave. Antes del vuelo todos tienen que estar recluidos realizando ejercicios de telequinesis en un silencio sepulcral. El esfuerzo durante el viaje es tal que tras el aterrizaje pueden dormir durante dos días seguidos, y no volverán a volar en los próximos tres meses.

Eufrasio y Jacinto escuchaba con atención todo lo que contaba el capitán. Eva, por su parte, parecía poco interesaba en las proezas de los pilotos, pero interrumpió a Fernández para hacer notar que todos ellos eran hombres.

-Lo cierto es que hay alguna mujer piloto, pero es poco común. Seguramente es debido a la exclusividad de la Orden de Enrique IV, que era sólo para hombres antes de la República-, respondió el capitán. Miró a su alrededor, comprobando que todo estaba en orden, el equipo de guardias alerta y los pasajeros más o menos cómodos. -Seguro que ya hemos alcanzando los sesenta kilómetros por hora. Llegaremos a Sevilla en unas tres horas.

Efectivamente, a las seis y media de la mañana notaron cómo el levánomo se detenía y comenzaba el descenso. Estaban en un hangar en el que fueron recibidos por un sargento de la guardia republicana. Desde las puertas del hangar se divisaba el río Betis a lo lejos. Sin más dilación cargaron sus pertenencias en un coche de caballos y fueron conducidos a un embarcadero cercano. Allí subieron a una pequeña fragata fluvial. Fueron conducidos a sus camarotes, aunque ninguno deshizo su equipaje porque estaba previsto que llegaran a Palos esa misma tarde.

A los pocos minutos de zarpar, una barca con un pescador a bordo se acercó a la fragata. Resultó ser un agente que traía dos mensajes sellados del Director General, para Fernández y para Eufrasio. Tras leerlos, Fernández y Eufrasio se reunieron en el camarote de éste.

-¿Qué le dice Kadikoy?-, preguntó Fernández.

-Es referente a la investigación. Me comunica que por motivos de seguridad no vamos a llegar a Constantinopla directamente en barco. Parece que las rutas al sur de Sicilia no son seguras, así que atracaremos en Roma, atravesaremos Italia por carretera y tomaremos un nuevo navío en Pescara. De allí llegaremos al golfo de Corinto, y atravesaremos el istmo del mismo nombre. Ya en el mar Egeo podremos llegar a Constantinopla en barco sin muchas dificultades.

Fernández tragó saliva a la vista de lo que le esperaba: -Pues vamos a tardar más de lo esperado.

-¿Vamos?-, preguntó Eufrasio confuso.

-Kadikoy quiere que les acompañe a Cantón. Seremos cuatro por tanto.

Un gran alboroto empezó a llegar en ese momento de la cubierta. Fernández salió raudo del camarote para ver lo que pasaba. Un pescador había sido encontrado flotando, y a juzgar por las marcas en su cuerpo había sido torturado con técnicas chinas.

-Han debido de pensar que era otro agente-, comentó uno de los marineros de la tripulación.

-Sí, nos están observando, extremen todas las precauciones-, contestó Fernández.

No hubo prácticamente terminado de decir estas palabras cuando una flecha se clavó en uno de los mástiles.

-¡Al suelo!-, gritó Fernández.

Jacinto, Eva y Eufrasio corrieron a sus camarotes. Fernández observó la orilla desde una hoquedad de uno de los cañones. No observó nada extraño. Entonces una andanada de flechas salió de la orilla opuesta y fueron a clavarse en la cubierta del barco.

-¡A cubierto!, ¡preparen los cañones!-. Fernández se dirigió al contramaestre: -¿algún herido?

-No, pero ha estado cerca.

-Parece que hay una buena cantidad de enemigos aquí. Disparen a discreción, a unos cinco metros de la orilla.

Sendas baterías de cañones dispararon hacia tierra. A los pocos minutos dispararon una segunda vez, por si los arqueros los estaban siguiendo río abajo.

-Puede que nos hayamos librado de ellos-, dijo el contramaestre.

-No lo creo. Sobre todo si son agentes chinos.

Entonces se acercó a una de las barandillas y observó las aguas. No observó nada raro, pero entonces, un espía chino saltó a la cubierta desde la popa. Tomó a un tripulante y sin lo degolló al instante. Entonces otro de los marineros disparó una ballesta contra él.

-¡Todos alerta!, ¡habrá más!

Efectivamente, otros ocho espías aparecieron súbitamente por distintas partes del barco. La tripulación se defendió bien, pero uno de los agentes enemigos consiguió llegar hasta la escalera que bajaba a los camarotes. Fernández se lanzó tras él, pero al llegar a la cubierta inferior no lo vio por ningún sitio. Temiendo lo peor corrió al camarote de Eufrasio, pero éste, aunque bastante asustado, se encontraba bien. Entonces se dio cuenta de cuál debía de ser el principal objetivo de los espías chinos y corrió hacia el camarote de Eva. Al entrar súbitamente el cuerpo del espía calló sobre él. Se incorporó rápidamente apartándolo a un lado y fue entonces cuando vio la flecha clavada en el pecho del enemigo, y a Eva, con el gesto tranquilo, sosteniendo una ballesta.

-¿Se ha herido, capitán?-, preguntó Eva.

-No-, respondió Fernández sorprendido, -y ha sido una suerte que tuviera esa ballesta, este espía la hubiese matado antes de que se diera cuenta.

-Sí, menos mal que Jacinto estaba aquí para protegerme-, repuso ella divertida.

Entonces Fernández se percató de la presencia de Jacinto, todavía temblando en una de las esquinas de la estancia.

No sufrieron más ataques enemigos. En Palos los esperaba un numeroso contingente para escoltarlos, y en menos de diez minutos ya habían zarpado en dirección a Roma.


¿Qué les sucederá ahora a nuestros amigos?

A) Para evitar nuevas sorpresas, Fernández decide que deben cambiar de barco en Formentera.

B) Entre la tripulación del barco hay aún algún espía.

C) Llegan a Roma sin más complicaciones que los mareos de Jacinto y Eufrasio.

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Published in: on agosto 12, 2008 at 11:20 am  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Yo voto la C, a ver si llegan pronto a Roma y comienzan aventuras nuevas. Vaya tela con los espias. Se supone que la mision de un espia es espiar, y por tanto tratan de pasar desapercibidos. Tomo nota para el argumento de El Becajote.

  2. Hombre Becajote, espías, agentes, qué más da. Eran de todo un poco, matan si se les manda, y a estos se les mandó. Son chinos, no puedes compararlos con los estándares occidentales.

  3. yo también voto la C, que si no se va a eternizar esto mucho.


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